Faltan dos meses para empezar con los resúmenes, pero sin duda el fenómeno musical de este 2005 tiene ya nombre y apellido. Se llama James Blunt, nació hace 28 años en la localidad inglesa de Hampshire y hasta hace poco, muy poco, era un perfecto desconocido. Hoy, con un único álbum en la calle, domina las listas de ventas de su país, y la maquinaria promocional que lo arropa prepara a conciencia el asalto al resto del planeta. Hablemos de números: en el Reino Unido, Back to Bedlam, su debú, lleva más de un millón y medio de copias despachadas, ha estado ocho semanas seguidas en lo más alto de las listas de ventas, y en ese ring que ahora es el mercado discográfico, el aspirante se pelea con lo nuevo de los Stones y David Gray tras haber noqueado a unos colosos absolutos como son Coldplay. "Imagino que a los de su sello no les haré mucha gracia, pero dudo mucho que ellos estén preocupados. A su lado soy un pececillo", responde el aludido al compararse con la banda del mediático Chris Martin.
Madrid, vísperas de comenzar el otoño. Son casi las cinco de la tarde, el termómetro rebasa los 30 grados, cielo despejado y un sol de justicia capaz de tumbar a cualquier mortal. Pero el astro rey, ese democrático factor ante el cual un hooligan y un sir son la misma cosa, no asusta al cantautor que ahora mismo está en boca de todos. Al entrar en la habitación que ocupa en un
Anécdotas aparte, Back to Bedlam es la culminación de un plan sin apenas fisuras. Aparte del empujoncito que ha supuesto su atípica biografía y el haberse cruzado con un tótem como Elton John, al álbum hay que sumarle también una voz singular en la que no se adivina el sexo del intérprete y canciones pop para tararear interpretadas por un chico con tirón femenino que por norma muestra exquisitos modales. En fin, lo del yerno que toda madre quisiera tener. Y eso se refleja en lo variado del público que atrae. Así se pudo comprobar el pasado septiembre en un bolo de dimensiones muy reducidas que ofreció en la FNAC de Callao, en pleno centro madrileño.
Había adolescentes que llevaban horas haciendo cola, ellas en su gran mayoría, con el nombre del cantante escrito en sus frentes. O el caso de Elena y César, ambos rallando la treintena, rendidos ante su nuevo descubrimiento. La primera, por su parecido musical con Tracy Chapman. El otro, fan irredento de los desaparecidos Deacon Blue, ya que quien fue su líder, Ricky Ross, es el autor de High, el tema que abre el álbum de Blunt. También había conocidos como Julio Ruiz, el locutor de Radio 3, acompañando a su hijo. "Bueno, no es lo mío", se excusa. "Pero ojalá todo el mainstream fuera así". Blunt tocó pocas canciones, acompañado de unos teclados, su guitarra acústica y los pertinentes comentarios de cara a la galería. Aparte de varios "gracias" y alusiones al drama de las guerras, lo único que soltó en castellano, mirando fijamente a las chicas que se agolpaban en primera fila, fue un "utiliza condones". Vaya, el chico lo tiene todo.
Más allá del producto, la figura de James Blunt encierra también una pequeña historia de superación personal que termina de redondear la ecuación. Enésimo escalón de una saga militar (dice su biografía que el primero del árbol genealógico en empuñar un arma data del año 995), su madre fue la única que le dio bola. Ella le empujó a aprender a tocar el violín y el piano con apenas siete años. "En casa, el único sitio donde se escuchaba música era en el coche. Y siempre los mismos CD: Beatles,
Publicado en EL PAIS
Colaboración de Yeniffer